Un conocimiento que se deshace en el aire


por Cynthia Rimsky

No recuerdo si eran los miércoles o los jueves que mi padre volvía a casa con el último fascículo de la enciclopedia Monitor, sí recuerdo que los guardaba con llave en la parte más alta del armario de su dormitorio. Temía que al estar sueltos, se fueran a perder, como tantas cosas que mi hermano y yo no devolvíamos a su lugar y desaparecían. Una vez al mes traía consigo las tapas de cartón forradas en cuero y las varillas metálicas destinadas a enhebrar los fascículos que conformarían un tomo. Completar los 15 volúmenes más el índice fue su desafío. La enciclopedia no era barata y todas las semanas se enfrentaba a la incertidumbre de reunir el dinero. La compraba siempre en el mismo quiosco. Entre las 11:30 que terminaba de atender a los pacientes del hospital y la 1 de la tarde que marcaba tarjeta, salía a dar una vuelta a la manzana, siempre la misma; entraba al Banco a pedir la cartola, se acercaba a la gasolinera para comprobabar los vaivenes del precio, buscaba un tornillo o un tubo de pegamento en la ferretería de un viejo que hacía años que no tenía tornillos o pegamento, saludaba al cuidador de autos... Al verlo acercarse, el quiosquero separaba el fascículo y se lo tendía. Si mi padre le decía que esa semana no había logrado reunir el dinero, se lo fiaba. “Me embromó, tuve que comprarlo igual”, nos comentaba durante la cena, dejando caer una mancha difícil de limpiar sobre la bondad del quiosquero y su propio deseo de llevar el conocimiento a nuestra casa.

Creo que la vida para mi padre era una constante incertidumbre, como si en cualquier momento pudiese perder pie, por eso le parecía tan importante conocer el mundo en el que vivíamos; era el conocimiento universal -que él podía costearnos con su trabajo- lo único que iba a salvarnos de desaparecer en ese agujero negro que acechaba nuestro hogar. Así que después de comer, nos tirábamos él y yo sobre la cama matrimonial, a leer los textos y las imágenes deslavadas y fuera de registro de la Monitor. No creo haberme preguntado cómo cabía el conocimiento universal en 6 mil 800 páginas, cuáles pedazos quedaban afuera y por qué. Mi padre corroboraba con su autoridad o su constancia que era verdadero.

En base al Monitor hice todas mis tareas escolares, como no nos permitían recortarlo, calcaba con papel mantequilla las imágenes y sus colores, a veces deslavados o chillones. Mi mundo era una réplica del mundo que replicaba la enciclopedia y mi imaginación, una extensión desfigurada de esa traducción. Cuando las explicaciones resultaban insuficientes para mi curiosidad, descubrí que podía buscar por entradas distintas. Para saber más de Sócrates, podía ir a Antigua Grecia o a Filosofía y de Filosofía al Platonismo, como caminos que se abrían, me iba por cualquiera, olvidando la avenida que regresaba a la pregunta. En esa época todavía no me daban permiso para ir sola más allá de la esquina.

No recuerdo cuándo la Monitor perdió su sitial. Seguramente mi madre, que siempre necesitaba más espacio para sus compras, tuvo que haber puesto sus ojos en el lugar que ocupaban los 15 tomos y el índice porque mi padre se los llevó a la biblioteca de soltero que mantenía en su consulta en la parte baja de la ciudad. Allí quedaron, apretados entre los escritores que narraron el derrumbe del sentido tras la Segunda Guerra y que moldearon el espítitu melancólico de mi padre hasta que nacimos nosotros y tuvo que volver a creer para educarnos, o eso intentó.

En el último viaje a Santiago bajé a la bodega del edificio en el que vive mi madre para reordenar las bolsas en las que guardé mi mundo al venirme a Buenos Aires. Cuando embalé, tomé la precaución de anotar con un plumón el contenido de cada una. Cinco años después, hubo letras y hasta palabras que se desvanecieron o no reconocí los nombres.

Para ir a la bodega hay que bajar en ascensor hasta el estacionamiento subterráneo del edificio, junto a las calderas, al depósito de basura, al generador. Bajo la descarnada luz de los tubos fosforescentes, rodeada de automóviles, con el olor al caucho de las llantas bajo la nariz y el sonido de las máquinas, me vi desenterrando una civilización perdida, cada libro, plato, lágrima de cristal, fotos, cuadernos, animales de madera, constituían un hallazgo de una civilización que ya no existía y de la cual solo quedaban objetos sueltos que habían perdido su lugar.

En uno de los estantes encontré una bolsa plástica que no reconocí, la abrí, adentro estaban los tomos de la Monitor. Varios habían desaparecido, como Plutón, la URSS, las machas de Tongoy, el río Quilimarí, el color de mi pelo, mi padre... Saqué una letra al azar. Allí estaban las imágenes repintadas, descalzadas, pixeladas… La mayoría de las entradas se referían a antiguas civilizaciones, recordé que de niña quise ser arqueóloga, quizás influenciada por la lectura. Me detuve en Palmira. Faltaba la fotografía de las ruinas, el contorno hacía pensar en una tijera afilada como las que mi madre guardaba en su costurero y que nosotros sacábamos a escondidas para hacer las tareas. Me salté la ubicación geográfica, el clima, la división política, fui directo a las historias que alimentaron mis fantasías de solitarias aventuras, lejos de casa, desenterrando civilizaciones perdidas y sin manchas. Al leer el nombre de la mujer culta, que hablaba varios idiomas y que declaró la independencia de Palmira ante Roma y los sasánidas, Zenobia, me cambié a la Z y seguí leyendo. A las pocas líneas tuve que sentarme sobre una bolsa, bajo mi peso crujieron los papeles de mi mundo perdido. No podía convencerme de que eso fuera el conocimiento universal; por qué quedar tempranamente huérfana desemboca en un matrimonio de conveniencia con un principe local. Por qué transformar a Palmira en un estado independiente y neutral fue su venganza o su ambición. Por qué si sus 150 mil habitantes vivían en un esplendor desconocido, tuvieron que sufrir un castigo. Me salté a la A y busqué a Aureliano: rudo militar que no permitió que una mujer como Zenobia frenara la expansión de Roma. Por qué el destino de una mujer culta con poder es ser conquistada y terminar decapitada o acostándose con el emperador, ávida de dinero, o traicionando a los filósofos que tuvo como consejeros. La próxima mujer en la historia de Palmira era lady Hester Lucy Stanhope. Busqué en la S. El conocimiento universal sumaba soltería, un corazón roto, una herencia no demasiado cuantiosa, y obtenía una huida en una nave griega junto a un reducido séquito de criados y una fuerte tormenta que hizo naufragar el barco y el equipaje. La cercanía de la muerte provocó en lady Hester “el derrumbe de su vida” y del derrumbe salió vestida de varón montando un camello con destino a Palmira como Zenobia tras haber conquistado territorios romanos. Para el conocimiento universal la expedición solo podía terminar en la ruina. Recluida en un monasterio, lady Hester falleció pobre, en la oscuridad de su habitación, cubierta de harapos, sin condiciones higiénicas, acompañada por una multitud de gatos y objetos que acumuló en sus viajes. Igual a como terminaban mis aventuras que yo creía imaginarias. El tercer expedicionario mencionado al menos escribió un libro, tal vez porque fue hombre. Desde su primera juventud el conde de Volney se consagró a la investigación de la verdad. No quise preguntarme a qué verdad se refería el texto porque no quería caer en el pozo ciego adonde estaba el destino de Zenobia, Lady Hester, Aureliano, el consejero filósofo... A su regreso de Palmira, Volney escribió: “Yo he visitado los lugares que fueron teatro de tanto esplendor, y sólo he visto en ellos desolación y soledad... Los templos cayeron, los palacios se desmoronaron, los puertos desaparecieron, los pueblos han sido destruidos, y la tierra, desnuda de habitantes, no es más que un espacio desolado y cubierto de sepulcros... ¿Quien sabe si un viajero como yo no se sentará algún día sobre las ruinas silenciosas de nuestros países, y no llorará solitario sobre las cenizas de los pueblos, la memoria de su grandeza?”

En ese momento escuché los bocinazos. Una mujer en su auto 4x4 me advirtió desde la altura de su asiento que me corriera para poder estacionarse. Yo estaba sentada sobre las silenciosas ruinas del conocimiento universal que moldeó el falso esplendor del mundo que mi padre quiso colocar sobre el suyo, resquebrajado por la Segunda Guerra; bajo la luz blanca de los tubos, en un estacionamiento subterráneo que olía a caucho, lloré por la desolación, el desmoronamiento, la desaparición, la destrucción, que el conocimiento universal le propinó al mundo al pegar sus fragmentos con juicios estrechos, falsas proposiciones, lógicas absurdas, adverbios, adjetivos, estructuras unívocas como las del sujeto-verbo-predicado. Las palmas de mis manos estaban rasposas, como si hubiesen escarbado la tierra, con las uñas sucias de mugre y sangre.

Esa noche antes de dormir busqué en internet cuál fue el destino de Palmira – ya no es necesario añadir fascículos, pasar las varillas metálicas por las grampas o pedir fiado al quiosquero, basta un click – y me encontré con que el año 2002, en las inmediaciones de las ruinas fue localizada una colonia de siete pájaros de una especie que se creía extinta hace más de 70 años, el Ibis eremita, considerado sagrado por los antiguos egipcios. A pesar de las numerosas iniciativas mundiales para proteger a la especie, a los pocos años quedaron cuatro. Tres abandonaron las ruinas al irrumpir en ellas el Estado Islámico. Cuando las abandonaron, comenzó una pelea entre la Unesco y Rusia por la reconstrucción de los templos y, en medio de la contienda, alguien ofreció una recompensa de mil dólares a cambio de información sobre el paradero del cuarto y último Ibis eremita, llamado Zenobia, el único que conoce la ruta de migración hasta los cuarteles de invernada en Etiopía. Hace pocas semanas Zenobia fue encontrada y se supo que anidó con éxito. La especie se ha salvado.

Cynthia Rimsky nació Santiago de Chile 1962. Ha publicado los libros de narrativa Poste restante (2001 y 2010 Chile, 2016 Entropía, Argentina), La novela de otro (2004), Los perplejos (2009), Ramal (2011), Nicaragua al cubo (tres autoras, 2014) Fui (2016), El futuro es un lugar extraño (2016). Está radicada desde el 2012 en Buenos Aires.

 

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